Con apoyo de ONU Mujeres y la Universidad Arturo Prat, escuelas de Quipisca, Iquique y Alto Hospicio implementan espacios de aprendizaje que rescatan la lengua aymara y fortalecen la identidad cultural de nuevas generaciones.
En las aulas de Tarapacá, la lengua aymara está recuperando su lugar gracias a los nidos lingüísticos, una metodología que invita a niñas, niños y sus familias a sumergirse en su patrimonio ancestral mediante dinámicas lúdicas como juegos, cantos y relatos orales.
La iniciativa forma parte del proyecto Mujeres y Niñeces Indígenas: Transformando Entornos, impulsado por el Programa Originarias de ONU Mujeres en colaboración con la Facultad de Ciencias Humanas de la Universidad Arturo Prat (UNAP). Su objetivo es evitar la extinción de la lengua y reforzar la cohesión social en un territorio marcado por la diversidad cultural.
En la Escuela Yatichawi de Quipisca, los estudiantes aprenden con memorices y sopas de letras, integrando la lengua en su vida cotidiana. “No solamente se enseña lengua, sino también costumbres y tradiciones. Es un aporte a la revitalización lingüística y la identidad territorial”, explica Marisela Challapa, yatichiri y educadora intercultural bilingüe.
La experiencia también se vive en la Escuela Chipana de Iquique, donde estudiantes como Keysi Quispe destacan que el programa les permite recuperar palabras perdidas y comunicarse mejor con sus familias en Bolivia. Este vínculo intergeneracional reconstruye puentes de memoria debilitados por la urbanización y la castellanización.
En el Colegio Metodista Robert Johnson de Alto Hospicio, más del 60% de los estudiantes tiene ascendencia indígena o migrante, lo que refuerza la pertinencia del proyecto. Para Rebeca Sanhueza, gerenta del Programa Originarias, “transmitir el idioma y los conocimientos ancestrales mantiene vivas las identidades y patrimonios culturales de la región”.
La Dra. Marcela Quintana, decana de la Facultad de Ciencias Humanas de la UNAP concluyó: “En Tarapacá, los nidos lingüísticos están sembrando mucho más que aprendizajes, están fortaleciendo identidad, memoria y pertenencia. Cada palabra que una niña o un niño pronuncia, cada canción y cada historia compartida, nos recuerda que una lengua no solo se enseña, sino que también se transmite y, cuando vuelve a las nuevas generaciones, vuelve también a vivir”.
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